5 de febrero de 2015

BENEVOLENCIA PARA UN MUNDO EGOÍSTA Y VIOLENTO



Las noticias diarias parecen sugerir que los actos de violencia reflejando crueldad y sadismo van en aumento. A su vez, la respuesta de las autoridades, tratando de satisfacer el pedido de la gente, es de mayor fuerza policial, mayor armamento y penas más severas. Esto, paradójicamente, no ha logrado disminuir, menos aún eliminar la violencia. Hace poco leí el caso de un joven que mató a un compañero en la escuela. En apariencia el joven muerto era gay, y hacía gala agresiva de su homosexualidad, pretendiendo que el otro era su amante.
El joven agresor se sentía perseguido e
inesperadamente, en una clase, le disparó a sangre fría. La noticia fue que el crimen era un acto de odio racial y homo-fóbico. Una investigación, tiempo después, mostró un cuadro sumamente complejo. El joven gay era adoptado. Su madre biológica era drogadicta afro-americana y de padre desconocido. La familia adoptiva hizo todo lo posible para educarlo correctamente, pese a su carácter problemático. A su vez, el agresor resultó ser hijo de padres separados, que había presenciado cómo su madre era agredida por su padre. Un día, su padre en estado de embriaguez, incluso, le disparó a su madre.



   Como puede observarse, detrás de la noticia había jóvenes provenientes de orígenes no armoniosos. Uno de ellos había sido abandonado (que es una forma de violencia silenciosa), el otro provenía de un hogar con agresiones físicas. Lo que indica que la violencia estaba en la base de sus formaciones. Sin duda el incremento de castigos externos no cambiaría las vivencias de su niñez. En estos y otros casos,  únicamente la benevolencia y la compasión pueden producir un cambio interior generando comprensión y alegría.  

   El precepto cristiano de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no siempre es fácil de aplicar cuando hay homofobia o discriminación racial, especialmente si la otra persona es de otra religión, raza o condición social. Cuando esto sucede hay otras prácticas espirituales que pueden ayudar a la transformación individual y colectiva. Estudiosos de psicología en el siglo veinte reconocieron el gran avance que tenían las prácticas orientales del Budismo, del Hinduismo y del Taoísmo, sobre occidente. El Budismo, por ejemplo, propone cuatro simples verdades y ocho pasos para alcanzar la iluminación o Nirvana, un estado de absoluta paz y felicidad. En el proceso hay una purificación moral, curación de problemas psicológicos y físicos que luego conducen a la elevación espiritual. Tres cualidades que elevan al ser humano son la benevolencia, la compasión y la alegría. Veamos qué efecto produce cultivarlas 

La Benevolencia
                           brinda felicidad

La Compasión
                           remueve la amargura.


La Alegría
                            libera del sufrimiento.
           



Si podemos contemplar en nosotros la comprensión y benevolencia seguramente encontraremos felicidad, sabiduría y serenidad. 




Ese es el momento de encontrarnos en el corazón de la Budidad
un estado esencial del ser. 


En un mundo individualista y ególatra, muchas veces nos puede parecer doloroso que seamos mal juzgados y condenados sin derecho a la defensa. Lo cual puede darse reiteradamente entre seres queridos, dentro o fuera del hogar. La discusión de quién tiene la razón y quién triunfa en un argumento podrá dar una satisfacción momentánea, pero no ayudará a una mejor atmósfera de armonía y comprensión mutua, pues carece de valor espiritual. Se ha dicho que lo que rompe los bolsillos son las pequeñas monedas, no los billetes grandes. Lo mismo sucede con los problemas diarios de convivencia, no son los grandes problemas metafísicos o filosóficos los que producen las fricciones que corroen las relaciones diarias, sino la mayoría de las veces son pequeñas fricciones sucesivas por problemas intrascendentes. No todos los buenos deseos ni las mejores intenciones que tengamos para nosotros y para los demás son comprendidos en su total belleza y santidad. Cada centro de vida tiene una perspectiva diferente y —de acuerdo a su estado— juzgará nuestros actos e intenciones produciendo un efecto, que puede ser feliz o no.  

   A nivel colectivo, antes de recurrir a una mayor violencia, es bueno para los que ejercen la autoridad considerar la recomendación de Confucio. Un buen gobierno, sostenía, debe manifestar benevolencia hacia todos los individuos, que en su época incluía esclavos y sirvientes. O sea una benevolencia sin limitación de razas, condiciones sociales o religiosas. Así como la violencia genera más violencia, de igual manera a mayor benevolencia debemos esperar conductas más armoniosas y pacíficas. Es un compromiso que busca lograr en la sociedad valores vitales, incluso para los aparentes “otros” o “distintos”, al reconocer su humanidad como ellos pueden reconocer la nuestra. 

  Para que la benevolencia y la compasión funcionen y produzcan resultados, debemos ser íntegros. Veamos un ejemplo. Se cuenta que en una oportunidad una madre viajó a pie muchos kilómetros para ver a Gandhi. Cuando pudo hablar con él, le pidió que le dijera a su hijo que no comiera azúcar pues le estaba haciendo daño. Gandhi le solicitó que volviera a pedirle lo mismo dentro de un mes. La mujer sorprendida, por la respuesta luego de su largo viaje, se fue perturbada con su hijo. Sin embargo, pese a no comprender la respuesta, luego de un mes, decidió volver a ver al Mahatma. En esta oportunidad el gran hombre se arrodilló frente al hijo, le tomó las dos manos y le pidió que no comiera más azúcar, le dio un abrazo y lo despidió. La mujer, nuevamente sorprendida, le preguntó a Gandhi por qué no se lo había dicho la primera vez. Gandhi le respondió: “Porque un mes atrás yo todavía comía azúcar.” 

   Saber manejar aspectos violentos puede ser un gran triunfo sobre nuestro carácter y sobre las discordias innecesarias. Para el éxito son de gran ayuda tener a mano herramientas como la benevolencia, la compasión y la alegría. La única forma de beneficiarse con ellas es a través de una práctica diaria. La cuestión es ¿dónde o qué debemos cambiar para que las pequeñeces no estorben la armonía de nuestras relaciones? Siguiendo conceptos budistas los cambios pueden ser en tres niveles:

Podemos cambiar
                               al nivel de nuestro comportamiento.
Podemos cambiar
                               al nivel de nuestro discernimiento.
Podemos cambiar
                               desde nuestro corazón.

    Es importante cambiar nuestro comportamiento, si eso molesta a los demás como a nosotros mismos. Cambiar a nivel del discernimiento es más elevado y va a producir efectos más duraderos. Pero si cambiamos desde el corazón, o sea desde los sentimientos más profundos, habrá un cambio real en el largo plazo. Es el cambio desde el amor que inspirará discernimiento con compasión; un comportamiento lleno de benevolencia y un afecto genuino que generará alegría.

   Jesús reconoció la dura realidad del mundo, que a veces hace llorar y nos entristece enormemente, pero su promesa fue “vuestra tristeza se convertirá en gozo”… y “se gozará vuestro corazón y nadie os quitará vuestro gozo” (Juan 16: 20, 22). En algunos lugares del mundo como Tijuana o Ciudad Juárez, México, no hay más remedio que aumentar las fuerzas del orden (policía local, federal y ejército), para brindar cierta seguridad a la población. Pero si no hay un cambio de conciencia moral, en el largo plazo, no habrá cambio duradero, pues las mismas fuerzas del orden se corrompen. Muchas veces nosotros, como Gandhi, para pasar de la tristeza a la alegría, debemos primero cambiar nosotros. Si cambiamos —expresándonos desde nuestra propia integridad— sin duda habrá demostraciones de poder espiritual. Siendo consistentes y pacientes en nuestra práctica, refinamos nuestro ser, removemos la amargura y el sufrimiento de nuestras vidas, y generamos felicidad para nosotros y para los demás. Con la práctica diaria: 

La felicidad
                             La logramos practicando la benevolencia.

La dulzura y la dicha
                           Practicando la compasión, y

El bienestar
                           Manifestando alegría.


*Tomado del libro Sintonía con el Ser, página 293, Buenos Aires, 2014


BUSCANDO LA BENEVOLENCIA


   ©Pietro Grieco

14 de diciembre de 2014

¿QUIEN DETERMINA NUESTRO DESTINO?


                                    Parte III  El Enfoque Espiritual

¿Cuál es nuestro destino espiritual? Parecería que el mundo es nuestro destino, pero…  tan solo es uno transitorio. Por ello Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy de arriba… Yo no soy de este mundo” (Juan 8: 23). El destino espiritual es intemporal y trasciende el mundo, por lo tanto consiste en vivir y experimentar la existencia que trasciende a lo corporal y material.

 El enfoque espiritual es paradójico: no hay que ir a ninguna parte, se halla en el mismo ser. Corresponde a la experiencia interior conectada a espacios del corazón que otorgan sentido y propósito a la vida. La espiritualidad brinda la percepción de pertenecer a una vastedad más allá de nuestro ego, que conecta y relaciona al ser en forma armoniosa con todo lo existente.

No consiste en alcanzar como resultado alguna meta lejana, pues como bellamente lo expresó Shunryu Suzuki: “El resultado no es el punto; es el esfuerzo para mejorarnos a nosotros mismos lo que es valioso. Para esta práctica no hay fin”. Este esfuerzo lo vemos en sus frutos, al manifestar sabiduría, armonía, no-violencia, compasión, paz y, fundamentalmente, felicidad y alegría.

El logro del destino espiritual asemeja al esfuerzo de ascender a una montaña.

Tomamos la determinación de llegar al cielo con entusiasmo, pero a medida que subimos, nos damos cuenta de las  cosas que debemos abandonar. No se puede ascender con una pesada bolsa sobre nuestras espaldas. Como el globo aerostático, para ascender hay que aprender a largar lastre. A ninguno de los místicos, profetas, y maestros espirituales, como grandes creadores y científicos les fue sencillo. Debieron esforzarse y persistir. Dejar atrás creencias antiguas a las que estaban apegados, deseos de placer, ambiciones de poder y otras pesadas cargas. Purificarse en sentimientos y pensamientos. Ser más leves. Más transparentes.

Cuando ascendemos parece que pronto llegaremos a la meta, pero son pequeñas mesetas, que dan un descanso. Muchos, satisfechos con el esfuerzo, quedan allí, listos para regresar. Los menos continúan. La ladera se hace más escarpada, hay menos árboles, hace más frío. Tras mucho esfuerzo llegan a un refugio. Un lugar para reponer fuerzas, superar las dudas, reafirmar el propósito y el sentido de la existencia. Las demandas son mayores. Nuevamente son muy pocos los que se determinan a seguir. La montaña se hace más hostil.

El frío aumenta y la nieve es un gran obstáculo. ¿Se justifica seguir? Ya la ambición no alcanza, la voluntad flaquea. Sólo continúa quien es impulsado por un fuego interior, una fuerza inexplicable.

De allí en más, llegar a la meta semeja caminar sobre una cuerda tendida sobre el abismo. Es para muy, muy pocos. Es para los que se mantienen concentrados, en equilibrio, conscientes y despiertos. Finalmente se llega a la cima. Se contempla los 360 grados del vasto universo, se conoce toda la verdad. ¿Qué verdad y qué universo? Pues la verdad y el universo del propio ser. El ser que fue, que es y que será. El ser que está unido con el todo. El ser que es un holograma conteniendo la totalidad en unidad. Reconocerse como el Cristo, “Yo y el Padre, el Ser Infinito, somos Uno”. En ese momento ¿qué queda por hacer? El ser se enfrenta con la ascensión, el Nirvana,  o el regreso.

Si se  regresa es para ayudar a otros. Ser igual a todos los demás, con la visión de que detrás de cada individuo hay una manifestación del infinito, que puede liberarse de sus cargas y limitaciones y vivir despierto a esa realidad. Desde el llano contempla la montaña.


Allí esta quieta y firme. Si estuvimos en la cima, somos la montaña. Ese es nuestro ser. Hace años una sanadora espiritual noruega me dijo: “El mundo necesita individuos firmes como una montaña y rectos como una espada”. La metafórica espada de la verdad que corta las ligaduras del ego, las pasiones y la ignorancia.

La ascensión en la dinámica del ser, la tuvieron los yoguis en montañas y bosques.



Cada vez que la elevación espiritual fue mediante aspectos materiales externos, condujo al fracaso. Por ejemplo, Buda en su búsqueda hasta bordear la muerte con el ascetismo extremo, fue un fracaso. Su destino espiritual lo halló cuando batalló internamente. Concentrado en su propia conciencia bajo un árbol, luchando contra las creencias perversas de la mente, hasta que tocó tierra, entonces alcanzó la revelación iluminada del ser. A su vez los profetas como Elías y Eliseo hallaron su destino espiritual en el desierto. También Jesús, para hallar su destino espiritual, tuvo su lucha en el desierto. Se dice que su concentración duró 40 días y 40 noches, luchando contra las perversidades en su propia mente. 

La espiritualidad destina al individuo hacía las capacidades más elevadas del ser: la visión, la sabiduría, la creatividad, la calma, la armonía, la imaginación, la bondad, la compasión y el amor incondicional, entre otras.  Es una oportunidad de amar, crear arte y felicidad, desarrollar actividades que expandan nuestros talentos de ser, de experimentar lo inefable en un deporte, en la meditación sentada o en movimiento, o en nuestras actividades diarias de servir con amor.

El enfoque espiritual, permite —estando en el mundo—, vivir nuestra verdadera identidad. La que muchas veces se halla oculta bajo las capas de ambiciones, materialidad, sufrimientos, egoísmos, aferramientos, deseos, y  creencias diversas. Por ello todo camino espiritual comienza con la purificación de nuestra mente y corazón. Una consciencia purificada abre el camino de crecimiento para que nuestro ser bello y puro, el auténtico y sin mancha, el iluminado y despierto del que hablan místicos, maestros y profetas sea una realidad. 

La perspectiva espiritual permite vivir desde una dimensión intemporal, independiente del soporte material, desde el ser-acá como pura conciencia,  en vez del ser-ahí, en el mundo. Vivir fuera del tiempo hace que la conciencia nos renueve. Por ello internamente no importa la edad nos sentimos siempre jóvenes. La elevación de la conciencia hace que la humanidad se encamine a la búsqueda de condiciones que eliminen el envejecimiento, y hagan que el cuerpo se corresponda con la conciencia espiritual

Desde antiguo el hinduismo aseguraba al individuo, mediante el libre albedrío, la posibilidad de crear su propio destino. Lógicamente el mismo estaría influido por la ley moral del karma, de causa y efecto de cada acto. El budismo refuerza esta idea complementándola, en el proceso de morir, con la práctica de la imaginación lanzando la conciencia a una nueva dimensión donde el ser continúa su existencia.
El ser spiritual no solo determina su destino, también determina su circunstancia. Es dueño y señor de su ser. Esta convicción le permitió a Ralph Waldo Emerson adoptar con amplitud la doctrina espiritual. Reconoció que la medida espiritual de inspiración determina la profundidad del pensamiento, y nunca quién lo dijo. Por ello afirmó: “Tú piensas que soy una criatura de mi circunstancia: Yo produzco mi circunstancia.” (You think me the child of my circumstances: I make my circumstance “The Transcendentalist”). Para los pensadores trascendentes  lo sagrado no era la religión, sino la vida. Lo único sagrado era la integridad de la conciencia individual.

Hoy en día, el destino espiritual no requiere subirse a un tren o un avión, para ir a un desierto o la montaña más alta. No. No requiere  ir a ninguna parte, sino a la dimensión superior del mismo ser. El ser divino, el ser sagrado, el único ser de cada uno, el núcleo iluminado y espiritual que mencionó Jesús y demostraron profetas, yoguis, y místicos. Esta parte esencial  le pertenece a todos los seres. 

La pregunta es ¿cómo se logra? Mediante prácticas conocidas: la meditación, el silencio,  lecturas inspiradas, la soledad, el canto, la oración constante, el uso de mantras, el baile, la música, etc. Hoy día hay muchas opciones, parafraseando al Prof. Leo Buscaglia es posible elegir la alegría sobre la desesperación; la felicidad sobre las lágrimas; la acción sobre la apatía; el crecimiento sobre el estancamiento; es posible elegirse a uno mismo, elegir la vida. Es tiempo de reconocer que no estamos a merced de fuerzas mayores que uno. Nosotros somos verdaderamente la mayor fuerza para nosotros mismos. (Living, Loving and Learning). Únicamente si estamos descentrados y perdemos la órbita de nuestro verdadero ser, nuestro destino estará fuera de nuestras posibilidades.

El rabino Zalman Schachter, escribió en The First Step: “Nuestra intención es siempre libre. No existe nada que pueda obstruir nuestra intencionalidad. Incluso si el mundo entero nos coerciona dentro de sus esquemas, siempre podemos “intentar” lo que queremos”. Da un ejemplo muy interesante -pude demostrar algo similar-. Él sostiene que si nos hallamos bajo el torno del dentista, y sentimos el punzante dolor, podemos intentar hacer de este dolor un ofrecimiento de amor. Amor a Dios o a quien deseamos. En mi caso la solución era mantener mi mente fuera del dolor y concentrado en mi identidad espiritual. El espíritu no sufre y nuestro ser tampoco.       
Espiritualmente cada persona puede escoger el enfoque que le sirva para avanzar en la búsqueda del destino espiritual. En este sentido Sue Bender, para quien el diario vivir puede ser una experiencia sagrada, dijo:

La forma externa, la práctica, y la denominación pueden ser diferentes para cada uno de nosotros, pero en una forma profunda y todo-comprensiva yo creo que no estamos solos. Existe un espíritu, un poder superior —el universo—guiándonos, conduciéndonos a aquello que significa aprender, y a hacer: nuestro destino, nuestra contribución única a los demás (The Power of Small Things, in Handbook for the Spirit, New World Library, 2008).

Si estamos en sintonía con ese poder superior, el universo o el espíritu, ese poder nos guiará y dará el contexto correcto para un destino correcto.

La concepción del destino espiritual ofrece la libertad de, por lo menos, intentar morar en nuestra conciencia espiritual y, con ella, navegar hasta emerger en la vasta eternidad de la existencia.

©Pietro Grieco
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

13 de octubre de 2014

PREMIO NOBEL DE LA PAZ A MALALA Y KAILASH



 
     Me ha causado una gran alegría que Malala recibiera el premio Nobel de la Paz. Siendo una joven menor de edad supongo que demandó bastante coraje al Comité otorgárselo.
    
  El premio a Malala Yousafzai, de Pakistán, fue compartido con Kailash Stayarthi, de la India. Este por ayudar a niños abusados, maltratados, abandonados. Justo premio a dos luchadores empedernidos contra las injusticias de este mundo.
   
   Ambos son un ejemplo para sus países y el resto del planeta, para elevarse sobre las mezquindades de mentalidades colonizadas por ideologías de violencia innecesaria. 

  Ambos luchan para que niños y niñas tengan un futuro mejor, donde el entendimiento, la compasión y la educación deberían ser lo normal pero que no lo son aun en sus países.


   Son ejemplo de valentía para seguir adelante, pese a estar amenazados o tener que vencer todo tipo de adversidades. La ignorancia será vencida, el derecho de los niños de ambos sexos para estudiar y crecer con dignidad será establecido, la barrera de la discriminación eliminada. 

  Estamos gozosos porque los derechos individuales a la libertad, la educación, y a un hogar digno se alcanzarán. Con amor hasta los que se oponen, un día serán redimidos de sus errores.

    Que haya paz en la tierra entre las personas de buena voluntad demandará esfuerzos adicionales. 
                                 
                             Pero reconocer a los que luchan y apoyarlos,  son  pasos necesarios. Gracias a ellos todos somos mejores seres humanos.

©Pietro Grieco




ENTRADA DESTACADA

QUIEN MUERE Y NO PERECE ES ETERNO

La enseñanza final de TeeTee   La   última lección de TeeTee, mi maestra Zen, fue cómo morir con dignidad. Nada de llantos ni lamentos, ni m...

MINDFULNESS

Un momento de pura conciencia (pure mindfulness), es una hermosura. Es un hecho único. Se produce cuando la conciencia abraza toda la belleza del universo sin esfuerzo. Es un estado de gracia.

©Pietro Grieco

Powered By Blogger