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25 de marzo de 2017

TRANSFORMAR ESPADAS EN ARADOS DE JUSTICIA Y ARMONÍA















 He sufrido la violencia.

 En la escuela primaria sufrí el abuso escolar (bullying) por un año y medio de otro chico gigantón que me pegaba, me tiraba del pelo, me mojaba la oreja, me incitaba a pelear.

 Mi respuesta era que dejara de molestarme pues no me gustaba. Eso lo incitaba a agredirme y desafiarme aún más. Un día estábamos solos caminando a nuestras casas cuando nuevamente comenzó a golearme la cabeza, le dije ¡basta!, que no hiciera eso pues no me gustaba. Su respuesta fue reírse y pegarme nuevamente. Tuve una reacción de rabia y me tiré contra su cuerpo con toda mi fuerza, él era mucho más grande. Ambos caímos y rodamos por el suelo. 

Súbitamente ese grandote comenzó a llorar y repetir: “¡Me voy a morir!” “¡Me voy a morir”! Me alcé y lo vi tirado, llorando como cualquier otro niño, y traté de consolarlo, ofreciéndole algunos dulces y nueces. Pero él seguía llorando pues se había golpeado la cabeza y le salía un poco de sangre. Como no aceptó mis regalos, ni quiso dejar de llorar, le dije que podía seguir llorando y me fui. Luego de unos minutos regresé pues no me había alcanzado. Lo oí hablar en la casa de unos vecinos que salieron a ver qué le pasaba. De allí en adelante, nunca más me agredió. 

Años después, como joven inmigrante sufrí burlas y agresiones de otros por no hablar bien la lengua, por vestir de otra forma,  por tener otras creencias, otras costumbres. Supe hacer frente a la agresión y pronto se diluyó. 
Conclusión: aprendí que a la violencia y a la agresión no hay que hacerla crecer. El agresor confunde humildad con debilidad. Por lo tanto hay que demostrar que no tenemos temor, rechazamos la violencia, y usaremos los medios necesarios para ponerle fin. El objetivo es proteger al agredido y también al agresor. Porque la violencia primero se adueña de la mente y el corazón del agresor, dañándolo, y luego éste pasa la agresión al agredido.
Del hombre de las cavernas, al día de hoy, se han hecho progresos. La evolución cultural, incluyendo la religión y el arte han contribuido a aminorar la violencia de los bárbaros. Pero por la cantidad de violaciones, violencia familiar, laboral, de género, abuso de niños y niñas, guerras, etc. vemos que, en menor grado, la violencia continúa, incrementada muchas veces por el fanatismo local o global.
Sin duda la promoción de la violencia desde sectores políticos, grupos de intereses, los medios de comunicación, internet, juegos electrónicos, el cine y la TV, no ayudan. Por el contrario envenenan las mentes juveniles o débiles. Tuve de joven una gran capacidad para enojarme. ¡Lo reconozco! Especialmente cuando era sometido a condiciones injustas, o me herían en lo que creía profundamente era la verdad. Combatí mi actitud durante un año afirmando: No hay reacción violenta en el principio de la armonía, sino acción armoniosa, y yo reflejaba ese principio. Reconocí que espiritualmente no hay reacción, sino una acción armoniosa constante. Ese esfuerzo tuvo buenos resultados. Me hizo estar consciente de mi propia actitud, y que debía cambiar, reflejar mí ser en calma y paz. ¿Logré ser un perfecto buda? No. Pero aprendí a mantener mi armonía centrándome en mi ser. 
Esto fue de gran ayuda en una sociedad con constantes actos de violencia, tal que la gente decía que los periódicos no chorreaban tinta, sino sangre. Sufrí varios de ellos. Pasé por uno histórico llamado “la noche de los bastones largos”, sin consecuencias. En otra oportunidad, cruzando Plaza Miserere, (Buenos Aires) sufrí la carga de la policía montada. Pensé que de un sablazo me partirían la cabeza en dos. Muchas veces no sabía si, al final del día, regresaba vivo a casa. Esto me impulsó  a desear comprender las infinitas razones del porqué de las reacciones violentas en mí y en otros.

Aprendí que hay distintas violencias: 1) instintiva; 2) emocional, y 3) racional. El cerebro evolucionó de lo que se ha dado en llamar 1) el cerebro reptiliano,  o instintivo; 2) al cerebro de los mamíferos, emocional y reactivo. 3) La última evolución del cerebro corresponde al homo sapiens con el desarrollo del neo-córtex se formó el área cognitiva, lógica, y creativa. Ante una situación de peligro la respuesta inmediata y veloz, es la reptiliana (milésimas de segundo). Es la respuesta ante un ataque o un posible accidente. Esta reacción casi instantánea posee una característica importante: bloquea la respuesta lógica y la emocional. El objetivo es no perder tiempo pensando. No hay que pensar, hay que actuar y ¡a toda velocidad! El inconveniente se da cuando la interpretación de una agresión (o peligro) es falsa. La respuesta emocional es rápida y también bloquea la respuesta lógica y creativa (décimas de segundo). Es una respuesta ante el ataque a los afectos, las creencias, la defensa del ego. 
La respuesta racional y creativa es lenta, demanda tiempo para la búsqueda de información, análisis, comparación, contraste de respuestas, etc. (aprox: Un segundo). Conclusión: las reacciones instintivas y emocionales pertenecen a la violencia que genera agresiones y lesiones que llevan al hospital y a la cárcel a muchas personas. Las reacciones emocionales se dan entre hermanos, amigos, esposos, padres e hijos. La violencia racional (con un mal uso de la razón) se da cuando hay deseos o intereses contrapuestos entre personas, grupos de poder, instituciones y países. Esta violencia racional planificadora se manifiesta mediante  castigos físicos o mentales, incluso las guerras y la tortura, etc. La conciencia espiritual supera las tres tipos de violencia.

Mucho tiempo se pierde en condenar la violencia de otros contra inocentes, el abuso de las niñas y niños, las violaciones, las mutilaciones, la violencia de género, las agresiones por creencias religiosas, formas de vida, o simplemente ser de otra raza o hincha de otro club. Yo, también, las condeno a todas. 

 

Pero ¿quién condena su propia violencia? He observado que mientras miles de personas protestaban, en las principales ciudades del mundo, al mismo tiempo se cometían agresiones, violaciones, mutilaciones, torturas, asesinatos, etc. 

¿Por qué las soluciones policiales, legales, jurídicas, sicológicas, políticas y demás no producen un cese en la violencia? Porque como dijo Jesús del corazón provienen los homicidios, los hurtos, las violaciones, las agresiones, los falsos testimonios, etc.

 

 El problema no está allá afuera, no está en convertir a los “enemigos”. Cada persona posee corazón, bueno, malo, fanático o violento. Cómo responder a la pregunta de Solzhenitsyn: si el bien y el mal pasan por el corazón humano, ¿quién está dispuesto a cortar parte de su propio corazón? Si la razón pasa por el cerebro y todos tenemos uno, ¿quién está dispuesto a que se le seccione una parte del cerebro? Amos Oz, el brillante escritor israelí, quien admite que él fue de joven un fanático (como posiblemente lo hemos sido muchos sin saberlo), escribió:

 

La esencia del fanatismo descansa en el deseo de forzar a otras personas a cambiar. La inclinación común de mejorar tu barrio, o enmendar a tu esposa, o guiar tu hijo, o enderezar a tu hermano, en vez de dejarlos ser. El fanático es el más desinteresado de las criaturas. El fanático es un altruista. (How to Cure a Fanatic, Vintage Books, Random House, London, 2012)

 

Como vemos, Oz nos presenta al fanático como una persona normal, un altruista que desea imponer sus ideas de cómo mejorar, enmendar, dirigir, enderezar a otros en vez de dejarlos ser. ¿No tenemos algo de esto?
O sea el fanatismo y la violencia son, en última instancia, un problema de ideas, mental, espiritual. ¿Por qué? Porque todas las ideas provienen del Espíritu. Al resentido que se lo quiere combatir con toda la fuerza, lo único que hace es incrementar su resentimiento ¿Cómo podemos pretender dar solución a la violencia con más violencia. O con más armas, con más soldados, con más policías? Esto lo único que genera son carreras armamentistas, y una espiral de destrucción. Las fuerzas del orden pueden y deben neutralizar la violencia en el corto plazo. Las armas pueden producir imposiciones, pero no proveen de soluciones  a largo plazo. Lo hemos aprendido de la historia. Las imposiciones establecidas por las naciones vencedoras de la Primera Guerra Mundial, produjeron la idea de revancha y de venganza, generando la Segunda Guerra Mundial. La pregunta fundamental es ¿cómo se cura la violencia?

La violencia puede ser verbal, moral, física, religiosa, política, deportiva, psicológica, artística, familiar, laboral, etc. Para curar y transformar la violencia (que es un enorme gasto de energía) en armonía, no se puede con la coerción externa, sino mediante la trasformación interior. 




En algunas ciudades como Chicago personas que fueron violentas son ahora sanadores de la violencia, hablan con los violentos y cuando una disputa aparece con armas, interrumpen la disputa, y con tan solo interrumpirla evitan que se expanda como una epidemia. En algunas ciudades los sanadores de la violencia lograron que por años no hubiera más crímenes.  
Quien conquista su propia violencia gana 
la guerra en forma definitiva. 




Es la transformación espiritual que nos dará calma y paz. Cualquiera sea el procedimiento, vale la pena intentarlo.
©PietroGrieco

5 de febrero de 2015

BENEVOLENCIA PARA UN MUNDO EGOÍSTA Y VIOLENTO



Las noticias diarias parecen sugerir que los actos de violencia reflejando crueldad y sadismo van en aumento. A su vez, la respuesta de las autoridades, tratando de satisfacer el pedido de la gente, es de mayor fuerza policial, mayor armamento y penas más severas. Esto, paradójicamente, no ha logrado disminuir, menos aún eliminar la violencia. Hace poco leí el caso de un joven que mató a un compañero en la escuela. En apariencia el joven muerto era gay, y hacía gala agresiva de su homosexualidad, pretendiendo que el otro era su amante.
El joven agresor se sentía perseguido e
inesperadamente, en una clase, le disparó a sangre fría. La noticia fue que el crimen era un acto de odio racial y homo-fóbico. Una investigación, tiempo después, mostró un cuadro sumamente complejo. El joven gay era adoptado. Su madre biológica era drogadicta afro-americana y de padre desconocido. La familia adoptiva hizo todo lo posible para educarlo correctamente, pese a su carácter problemático. A su vez, el agresor resultó ser hijo de padres separados, que había presenciado cómo su madre era agredida por su padre. Un día, su padre en estado de embriaguez, incluso, le disparó a su madre.



   Como puede observarse, detrás de la noticia había jóvenes provenientes de orígenes no armoniosos. Uno de ellos había sido abandonado (que es una forma de violencia silenciosa), el otro provenía de un hogar con agresiones físicas. Lo que indica que la violencia estaba en la base de sus formaciones. Sin duda el incremento de castigos externos no cambiaría las vivencias de su niñez. En estos y otros casos,  únicamente la benevolencia y la compasión pueden producir un cambio interior generando comprensión y alegría.  

   El precepto cristiano de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, no siempre es fácil de aplicar cuando hay homofobia o discriminación racial, especialmente si la otra persona es de otra religión, raza o condición social. Cuando esto sucede hay otras prácticas espirituales que pueden ayudar a la transformación individual y colectiva. Estudiosos de psicología en el siglo veinte reconocieron el gran avance que tenían las prácticas orientales del Budismo, del Hinduismo y del Taoísmo, sobre occidente. El Budismo, por ejemplo, propone cuatro simples verdades y ocho pasos para alcanzar la iluminación o Nirvana, un estado de absoluta paz y felicidad. En el proceso hay una purificación moral, curación de problemas psicológicos y físicos que luego conducen a la elevación espiritual. Tres cualidades que elevan al ser humano son la benevolencia, la compasión y la alegría. Veamos qué efecto produce cultivarlas 

La Benevolencia
                           brinda felicidad

La Compasión
                           remueve la amargura.


La Alegría
                            libera del sufrimiento.
           



Si podemos contemplar en nosotros la comprensión y benevolencia seguramente encontraremos felicidad, sabiduría y serenidad. 




Ese es el momento de encontrarnos en el corazón de la Budidad
un estado esencial del ser. 


En un mundo individualista y ególatra, muchas veces nos puede parecer doloroso que seamos mal juzgados y condenados sin derecho a la defensa. Lo cual puede darse reiteradamente entre seres queridos, dentro o fuera del hogar. La discusión de quién tiene la razón y quién triunfa en un argumento podrá dar una satisfacción momentánea, pero no ayudará a una mejor atmósfera de armonía y comprensión mutua, pues carece de valor espiritual. Se ha dicho que lo que rompe los bolsillos son las pequeñas monedas, no los billetes grandes. Lo mismo sucede con los problemas diarios de convivencia, no son los grandes problemas metafísicos o filosóficos los que producen las fricciones que corroen las relaciones diarias, sino la mayoría de las veces son pequeñas fricciones sucesivas por problemas intrascendentes. No todos los buenos deseos ni las mejores intenciones que tengamos para nosotros y para los demás son comprendidos en su total belleza y santidad. Cada centro de vida tiene una perspectiva diferente y —de acuerdo a su estado— juzgará nuestros actos e intenciones produciendo un efecto, que puede ser feliz o no.  

   A nivel colectivo, antes de recurrir a una mayor violencia, es bueno para los que ejercen la autoridad considerar la recomendación de Confucio. Un buen gobierno, sostenía, debe manifestar benevolencia hacia todos los individuos, que en su época incluía esclavos y sirvientes. O sea una benevolencia sin limitación de razas, condiciones sociales o religiosas. Así como la violencia genera más violencia, de igual manera a mayor benevolencia debemos esperar conductas más armoniosas y pacíficas. Es un compromiso que busca lograr en la sociedad valores vitales, incluso para los aparentes “otros” o “distintos”, al reconocer su humanidad como ellos pueden reconocer la nuestra. 

  Para que la benevolencia y la compasión funcionen y produzcan resultados, debemos ser íntegros. Veamos un ejemplo. Se cuenta que en una oportunidad una madre viajó a pie muchos kilómetros para ver a Gandhi. Cuando pudo hablar con él, le pidió que le dijera a su hijo que no comiera azúcar pues le estaba haciendo daño. Gandhi le solicitó que volviera a pedirle lo mismo dentro de un mes. La mujer sorprendida, por la respuesta luego de su largo viaje, se fue perturbada con su hijo. Sin embargo, pese a no comprender la respuesta, luego de un mes, decidió volver a ver al Mahatma. En esta oportunidad el gran hombre se arrodilló frente al hijo, le tomó las dos manos y le pidió que no comiera más azúcar, le dio un abrazo y lo despidió. La mujer, nuevamente sorprendida, le preguntó a Gandhi por qué no se lo había dicho la primera vez. Gandhi le respondió: “Porque un mes atrás yo todavía comía azúcar.” 

   Saber manejar aspectos violentos puede ser un gran triunfo sobre nuestro carácter y sobre las discordias innecesarias. Para el éxito son de gran ayuda tener a mano herramientas como la benevolencia, la compasión y la alegría. La única forma de beneficiarse con ellas es a través de una práctica diaria. La cuestión es ¿dónde o qué debemos cambiar para que las pequeñeces no estorben la armonía de nuestras relaciones? Siguiendo conceptos budistas los cambios pueden ser en tres niveles:

Podemos cambiar
                               al nivel de nuestro comportamiento.
Podemos cambiar
                               al nivel de nuestro discernimiento.
Podemos cambiar
                               desde nuestro corazón.

    Es importante cambiar nuestro comportamiento, si eso molesta a los demás como a nosotros mismos. Cambiar a nivel del discernimiento es más elevado y va a producir efectos más duraderos. Pero si cambiamos desde el corazón, o sea desde los sentimientos más profundos, habrá un cambio real en el largo plazo. Es el cambio desde el amor que inspirará discernimiento con compasión; un comportamiento lleno de benevolencia y un afecto genuino que generará alegría.

   Jesús reconoció la dura realidad del mundo, que a veces hace llorar y nos entristece enormemente, pero su promesa fue “vuestra tristeza se convertirá en gozo”… y “se gozará vuestro corazón y nadie os quitará vuestro gozo” (Juan 16: 20, 22). En algunos lugares del mundo como Tijuana o Ciudad Juárez, México, no hay más remedio que aumentar las fuerzas del orden (policía local, federal y ejército), para brindar cierta seguridad a la población. Pero si no hay un cambio de conciencia moral, en el largo plazo, no habrá cambio duradero, pues las mismas fuerzas del orden se corrompen. Muchas veces nosotros, como Gandhi, para pasar de la tristeza a la alegría, debemos primero cambiar nosotros. Si cambiamos —expresándonos desde nuestra propia integridad— sin duda habrá demostraciones de poder espiritual. Siendo consistentes y pacientes en nuestra práctica, refinamos nuestro ser, removemos la amargura y el sufrimiento de nuestras vidas, y generamos felicidad para nosotros y para los demás. Con la práctica diaria: 

La felicidad
                             La logramos practicando la benevolencia.

La dulzura y la dicha
                           Practicando la compasión, y

El bienestar
                           Manifestando alegría.


*Tomado del libro Sintonía con el Ser, página 293, Buenos Aires, 2014


BUSCANDO LA BENEVOLENCIA


   ©Pietro Grieco

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