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14 de diciembre de 2014

¿QUIEN DETERMINA NUESTRO DESTINO?


                                    Parte III  El Enfoque Espiritual

¿Cuál es nuestro destino espiritual? Parecería que el mundo es nuestro destino, pero…  tan solo es uno transitorio. Por ello Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy de arriba… Yo no soy de este mundo” (Juan 8: 23). El destino espiritual es intemporal y trasciende el mundo, por lo tanto consiste en vivir y experimentar la existencia que trasciende a lo corporal y material.

 El enfoque espiritual es paradójico: no hay que ir a ninguna parte, se halla en el mismo ser. Corresponde a la experiencia interior conectada a espacios del corazón que otorgan sentido y propósito a la vida. La espiritualidad brinda la percepción de pertenecer a una vastedad más allá de nuestro ego, que conecta y relaciona al ser en forma armoniosa con todo lo existente.

No consiste en alcanzar como resultado alguna meta lejana, pues como bellamente lo expresó Shunryu Suzuki: “El resultado no es el punto; es el esfuerzo para mejorarnos a nosotros mismos lo que es valioso. Para esta práctica no hay fin”. Este esfuerzo lo vemos en sus frutos, al manifestar sabiduría, armonía, no-violencia, compasión, paz y, fundamentalmente, felicidad y alegría.

El logro del destino espiritual asemeja al esfuerzo de ascender a una montaña.

Tomamos la determinación de llegar al cielo con entusiasmo, pero a medida que subimos, nos damos cuenta de las  cosas que debemos abandonar. No se puede ascender con una pesada bolsa sobre nuestras espaldas. Como el globo aerostático, para ascender hay que aprender a largar lastre. A ninguno de los místicos, profetas, y maestros espirituales, como grandes creadores y científicos les fue sencillo. Debieron esforzarse y persistir. Dejar atrás creencias antiguas a las que estaban apegados, deseos de placer, ambiciones de poder y otras pesadas cargas. Purificarse en sentimientos y pensamientos. Ser más leves. Más transparentes.

Cuando ascendemos parece que pronto llegaremos a la meta, pero son pequeñas mesetas, que dan un descanso. Muchos, satisfechos con el esfuerzo, quedan allí, listos para regresar. Los menos continúan. La ladera se hace más escarpada, hay menos árboles, hace más frío. Tras mucho esfuerzo llegan a un refugio. Un lugar para reponer fuerzas, superar las dudas, reafirmar el propósito y el sentido de la existencia. Las demandas son mayores. Nuevamente son muy pocos los que se determinan a seguir. La montaña se hace más hostil.

El frío aumenta y la nieve es un gran obstáculo. ¿Se justifica seguir? Ya la ambición no alcanza, la voluntad flaquea. Sólo continúa quien es impulsado por un fuego interior, una fuerza inexplicable.

De allí en más, llegar a la meta semeja caminar sobre una cuerda tendida sobre el abismo. Es para muy, muy pocos. Es para los que se mantienen concentrados, en equilibrio, conscientes y despiertos. Finalmente se llega a la cima. Se contempla los 360 grados del vasto universo, se conoce toda la verdad. ¿Qué verdad y qué universo? Pues la verdad y el universo del propio ser. El ser que fue, que es y que será. El ser que está unido con el todo. El ser que es un holograma conteniendo la totalidad en unidad. Reconocerse como el Cristo, “Yo y el Padre, el Ser Infinito, somos Uno”. En ese momento ¿qué queda por hacer? El ser se enfrenta con la ascensión, el Nirvana,  o el regreso.

Si se  regresa es para ayudar a otros. Ser igual a todos los demás, con la visión de que detrás de cada individuo hay una manifestación del infinito, que puede liberarse de sus cargas y limitaciones y vivir despierto a esa realidad. Desde el llano contempla la montaña.


Allí esta quieta y firme. Si estuvimos en la cima, somos la montaña. Ese es nuestro ser. Hace años una sanadora espiritual noruega me dijo: “El mundo necesita individuos firmes como una montaña y rectos como una espada”. La metafórica espada de la verdad que corta las ligaduras del ego, las pasiones y la ignorancia.

La ascensión en la dinámica del ser, la tuvieron los yoguis en montañas y bosques.



Cada vez que la elevación espiritual fue mediante aspectos materiales externos, condujo al fracaso. Por ejemplo, Buda en su búsqueda hasta bordear la muerte con el ascetismo extremo, fue un fracaso. Su destino espiritual lo halló cuando batalló internamente. Concentrado en su propia conciencia bajo un árbol, luchando contra las creencias perversas de la mente, hasta que tocó tierra, entonces alcanzó la revelación iluminada del ser. A su vez los profetas como Elías y Eliseo hallaron su destino espiritual en el desierto. También Jesús, para hallar su destino espiritual, tuvo su lucha en el desierto. Se dice que su concentración duró 40 días y 40 noches, luchando contra las perversidades en su propia mente. 

La espiritualidad destina al individuo hacía las capacidades más elevadas del ser: la visión, la sabiduría, la creatividad, la calma, la armonía, la imaginación, la bondad, la compasión y el amor incondicional, entre otras.  Es una oportunidad de amar, crear arte y felicidad, desarrollar actividades que expandan nuestros talentos de ser, de experimentar lo inefable en un deporte, en la meditación sentada o en movimiento, o en nuestras actividades diarias de servir con amor.

El enfoque espiritual, permite —estando en el mundo—, vivir nuestra verdadera identidad. La que muchas veces se halla oculta bajo las capas de ambiciones, materialidad, sufrimientos, egoísmos, aferramientos, deseos, y  creencias diversas. Por ello todo camino espiritual comienza con la purificación de nuestra mente y corazón. Una consciencia purificada abre el camino de crecimiento para que nuestro ser bello y puro, el auténtico y sin mancha, el iluminado y despierto del que hablan místicos, maestros y profetas sea una realidad. 

La perspectiva espiritual permite vivir desde una dimensión intemporal, independiente del soporte material, desde el ser-acá como pura conciencia,  en vez del ser-ahí, en el mundo. Vivir fuera del tiempo hace que la conciencia nos renueve. Por ello internamente no importa la edad nos sentimos siempre jóvenes. La elevación de la conciencia hace que la humanidad se encamine a la búsqueda de condiciones que eliminen el envejecimiento, y hagan que el cuerpo se corresponda con la conciencia espiritual

Desde antiguo el hinduismo aseguraba al individuo, mediante el libre albedrío, la posibilidad de crear su propio destino. Lógicamente el mismo estaría influido por la ley moral del karma, de causa y efecto de cada acto. El budismo refuerza esta idea complementándola, en el proceso de morir, con la práctica de la imaginación lanzando la conciencia a una nueva dimensión donde el ser continúa su existencia.
El ser spiritual no solo determina su destino, también determina su circunstancia. Es dueño y señor de su ser. Esta convicción le permitió a Ralph Waldo Emerson adoptar con amplitud la doctrina espiritual. Reconoció que la medida espiritual de inspiración determina la profundidad del pensamiento, y nunca quién lo dijo. Por ello afirmó: “Tú piensas que soy una criatura de mi circunstancia: Yo produzco mi circunstancia.” (You think me the child of my circumstances: I make my circumstance “The Transcendentalist”). Para los pensadores trascendentes  lo sagrado no era la religión, sino la vida. Lo único sagrado era la integridad de la conciencia individual.

Hoy en día, el destino espiritual no requiere subirse a un tren o un avión, para ir a un desierto o la montaña más alta. No. No requiere  ir a ninguna parte, sino a la dimensión superior del mismo ser. El ser divino, el ser sagrado, el único ser de cada uno, el núcleo iluminado y espiritual que mencionó Jesús y demostraron profetas, yoguis, y místicos. Esta parte esencial  le pertenece a todos los seres. 

La pregunta es ¿cómo se logra? Mediante prácticas conocidas: la meditación, el silencio,  lecturas inspiradas, la soledad, el canto, la oración constante, el uso de mantras, el baile, la música, etc. Hoy día hay muchas opciones, parafraseando al Prof. Leo Buscaglia es posible elegir la alegría sobre la desesperación; la felicidad sobre las lágrimas; la acción sobre la apatía; el crecimiento sobre el estancamiento; es posible elegirse a uno mismo, elegir la vida. Es tiempo de reconocer que no estamos a merced de fuerzas mayores que uno. Nosotros somos verdaderamente la mayor fuerza para nosotros mismos. (Living, Loving and Learning). Únicamente si estamos descentrados y perdemos la órbita de nuestro verdadero ser, nuestro destino estará fuera de nuestras posibilidades.

El rabino Zalman Schachter, escribió en The First Step: “Nuestra intención es siempre libre. No existe nada que pueda obstruir nuestra intencionalidad. Incluso si el mundo entero nos coerciona dentro de sus esquemas, siempre podemos “intentar” lo que queremos”. Da un ejemplo muy interesante -pude demostrar algo similar-. Él sostiene que si nos hallamos bajo el torno del dentista, y sentimos el punzante dolor, podemos intentar hacer de este dolor un ofrecimiento de amor. Amor a Dios o a quien deseamos. En mi caso la solución era mantener mi mente fuera del dolor y concentrado en mi identidad espiritual. El espíritu no sufre y nuestro ser tampoco.       
Espiritualmente cada persona puede escoger el enfoque que le sirva para avanzar en la búsqueda del destino espiritual. En este sentido Sue Bender, para quien el diario vivir puede ser una experiencia sagrada, dijo:

La forma externa, la práctica, y la denominación pueden ser diferentes para cada uno de nosotros, pero en una forma profunda y todo-comprensiva yo creo que no estamos solos. Existe un espíritu, un poder superior —el universo—guiándonos, conduciéndonos a aquello que significa aprender, y a hacer: nuestro destino, nuestra contribución única a los demás (The Power of Small Things, in Handbook for the Spirit, New World Library, 2008).

Si estamos en sintonía con ese poder superior, el universo o el espíritu, ese poder nos guiará y dará el contexto correcto para un destino correcto.

La concepción del destino espiritual ofrece la libertad de, por lo menos, intentar morar en nuestra conciencia espiritual y, con ella, navegar hasta emerger en la vasta eternidad de la existencia.

©Pietro Grieco
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