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21 de febrero de 2014

VIVIR EN EL PODER DEL AHORA O EN EL PODER DE MAÑANA - II Parte

   Como mencioné en el blog anterior, desde hace unas décadas, se puso de moda repetir que hay que morar en el “Ahora”. Esto no es nuevo. Desde la antigüedad, hubo personas que insistieron en que hay que morar en el supuesto único tiempo que existe: el presente, pues el pasado ya se fue y el futuro no llegó. Parece simple y convincente, pero es falso, de igual manera que la tierra es plana y las paralelas nunca se cruzan.  Esta creencia proviene de una observación pesimista, en cuanto a que la
existencia es sufrimiento. 

Por lo tanto, el pasado viene lleno de remordimientos y amarguras, y el futuro —dado que hay que sufrir—, traerá mucha angustia. 


  Pero ¿qué sucede si el pasado trae bellos recuerdos y el futuro promete experiencias plenas de felicidad? 

El argumento carece de validez, especialmente cuando el pasado fue muy bueno y el futuro promete ser aún mejor.

  Vivir ciegamente en el ahora, como quien vive en una burbuja de fantasía, ha sido refutado muchas veces a través de diversos argumentos. 
  Una fábula de Esopo reiterada por La Fontaine y Samaniego, es clara para entender la tontería de pretender vivir clavados en el ahora. La misma se refiere a la cigarra y la hormiga. La cigarra vive ciegamente en el “poder del ahora”. Segura, en el supuesto único tiempo, canta durante el verano. La hormiga, al saber que en el invierno no tendrá el mismo alimento, labora acumulando para el futuro. Cuando finalmente el invierno llega y la cigarra recurre a la hormiga, ésta le niega el alimento, pues si le da no habrá suficiente para las dos. 
                                             
De esta forma la cigarra paga con su vida al morar   tontamente en el ahora.
    El profesor Robert Grudin, en su libro El Tiempo y el Arte de Vivir, sostiene: “La inmediatez física del presente —su insistente, casi prostituida disponibilidad— tiende a oscurecernos su identidad más espiritual, la cual es única y frágil y maldita y condenada a morir. El presente es una princesa condenada, elegante e impresionantemente hermosa quemando el final de su vida con la falsa apariencia de una chica escandalosa. Ella está siempre a nuestra disposición para tomarla, así y todo aceptamos esta invitación demasiado seguido; e incluso aceptándola a menudo raramente comprendemos que no hemos hecho una conquista material sino más bien contactamos con un espíritu soberano, entramos en un dominio de ser cuya luz y poder transfigura todos los otros elementos” (p. 187/8). 



Este es el problema o paradoja del presente: el de transfigurar los otros elementos, cegando la percepción de otros sistemas de coordenadas con sus tiempos propios.

  Sabemos que el cerebro está localizado en el tiempo y el espacio. La mente, en cambio, es “no local” o sea no está limitada al espacio ni al tiempo. Esto explica por qué hay personas que dicen conocer su pasado remoto y hace regresiones, y otras que han tenido visiones de lo que sucederá en el futuro. Más que viajar en la flecha del tiempo, lo que sucede es que la mente abarca todas las dimensiones, y puede situarse en cualquiera de ellas. Muchas  personas cuentan que han visto y vivido el devenir. Hay millones de casos de personas que han tenido experiencias fuera del cuerpo (OBE) y otras que han muerto y han regresado de estas experiencias cercanas a la muerte (NDE). Toda esta actividad mental ocurre mientras el cuerpo continúa donde está.

Andrew Tomas en La Barrera del Tiempo, (Plaza y Janes, Editores) cuyo título en inglés es mucho más interesante: Beyond the Time Barrier, o sea Más Allá de la Barrera del Tiempo, cuenta:
El doctor J. Forbes Winslow, en su libro Las enfermedades oscuras del espíritu, cita un hombre que desde lo alto de un barco cayó al mar y se estuvo ahogando durante dos minutos, antes de que llegara el equipo de salvamento. Sus sensaciones están así consignadas: “De este modo, viajando desde atrás, cada incidente pasado de mi vida parecía fulgurar a través de mi memoria en un orden invertido, no sólo en sus grandes líneas, sino formando un cuadro completo con todos sus detalles; en una palabra, el conjunto de mi existencia parecía colocada ante mí como una especie de vista panorámica.
Unos años atrás, en Moscú, un ingeniero —relación del autor— fue derribado y herido en el Metro. En algunos segundos se sucedieron en su mente, con todos sus detalles, los episodios de su larga existencia.
No distinguía si recorría su vida a una velocidad fabulosa, o si los hechos, desde la infancia hasta el día del accidente, aparecían juntos como en un vasto fresco.
En ambos casos, como en muchos estudios psicológicos sobre los sueños, los hechos, que en las coordenadas de referencia espacio temporal duran años o toda una vida, ante la conciencia no tienen duración y pueden contemplase como un fresco, al unísono, puesto que en la conciencia el tiempo no existe, es un concepto relativo pero nunca un objeto. Por ello cuando nos invitan a algo que no nos interesa, decimos “No tengo tiempo”, pero si es algo que nos agrada en gran manera, vamos, pues previamente decidimos “hacernos el tiempo”. Para lo que nos gusta o consideramos importante, nos “creamos tiempo”.  

  Por ello, a la felicidad se la considera íntimamente ligada a nuestra actitud respecto al tiempo. Las personas felices parecen completas en el presente, alegres,.., en vez de agobiadas por remordimientos del pasado o ansiedad por el devenir. Dan la apariencia de permanencia y consistencia. Robert Gudin sostiene: “Aman experiencias pasadas y el hacer planes; hablan del pasado y del futuro, no como contextos externos, más bien como…, la quieta extensión de su propio ser. Uno casi siente que sus vidas poseen un tipo de eternidad calificada: que pasado y futuro, nacimiento y muerte, se encuentran como en la unión de un círculo (188)”.  La extensión del ser no es a nivel físico sino espiritual. La intención de Grudin es sugerir elevados niveles de percepción e integridad. Por encima de todo estar despiertos, alertas a la verdad de nuestros propios pasados y futuros, así como el presente. Con lo que reitera lo que ya dijera el filósofo romano nacido en Córdoba. La vida no es breve, la hacemos breve cuando no vivimos sabiamente.  

  Las fórmulas de Lorenz (y Einstein) sobre la contracción del tiempo permiten predecir lo que ocurrirá en el futuro de los viajes espaciales. Andrew Tomas da el ejemplo del astronauta (de 25 años) que viaja a la estrella Vega. Al regresar a la tierra en 14 años (según su sistema de coordenadas), ahora tiene 39 años y se encontrará que su esposa (de la misma edad cuando salió de viaje), que ¡tiene 90 años! En grandes distancias y a velocidades cercanas a la luz, como ya habíamos visto el tiempo se contrae y corre mucho más lento. Otra paradoja. Si una persona gana 1000 unidades de dinero por el trabajo de un día de 24 horas, o sea por una rotación de la tierra, pero si viaja como astronauta y da 16 giros alrededor de la tierra, ¿debe cobrar 16000 unidades? Si el proceso de contracción se podría replicar en la tierra (como se hace con la falta de gravedad) ¿la gente podría vivir muchos siglos? A medida que elevamos la conciencia y abrimos posibilidades a la mente tendremos un dominio cada vez mayor del tiempo, hasta que el dios Cronos deje de gobernarnos y comience a ser nuestro servidor.

  Como vimos en el blog anterior Einstein sostuvo y demostró, que “Cada cuerpo de referencia (sistema de coordenadas) tiene su tiempo propio; una indicación de tiempo sólo tiene significado cuando indica el cuerpo de referencia al que se refiere.” En los textos sagrados de la India  y judeo-cristianos el tiempo se lo consideraba relativo. La Biblia dice que: para Dios un día es como mil años, y mil años como un día, (2 Pedro 3,8). O sea que, teológica y metafísicamente, el tiempo no es absoluto. Como seres espirituales o expresiones de un Ser Trascendentes manifestamos esa cualidad de trascender las dimensiones espacio-temporales. Esto sucede naturalmente durante el sueño, en plena meditación o durante estados místicos. Einstein dijo: “La emoción más completa y más bella que podemos experimentar es la sensación de lo místico.

Es la simiente de toda verdadera ciencia” (citado por Andrew Tomas, p. 39). En esos estados es posible percibir toda la realidad y las leyes científicas que la rigen. En mis pocas y breves experiencias de este tipo me fue posible experimentar el universo como un todo y mí ser en armoniosa unidad con ese todo. Aquellos que lo vivieron dicen que es muy bello.

    El ser espiritual, como pura conciencia, no está restringido ni preso en un eterno ahora, es libre, completamente libre como puede concebirlo y puede moverse en todas las dimensiones y en cada caso morará donde siente que es apropiado para cada situación. Muchas circunstancias espaciales son restrictivas, no podemos extender una pared, ni elevar el techo donde vivimos, ni reducir el océano, son dimensiones dadas, pero el tiempo propio podemos determinarlo y utilizarlo a placer: dormir poco o mucho, leer una hora o dos, caminar toda la mañana o la tarde, ir a charlar con amigos o practicar un deporte. El tiempo, bien empleado, brinda libertad y creatividad para recrearnos y recrear el mundo. Aprovechando las lecciones del pasado, y desarrollando la visión de futuro, vivimos el presente con armonía.

  Reitero lo dicho en el blog anterior: El ser espiritual no mora en el pasado, el presente ni el futuro, mora en la intemporalidad de la conciencia, la cual, como fundamento último del ser, es puro espíritu. Posee la libertad de situarse donde desee. Las dimensiones espacio temporales definen coordenadas específicas al movimiento del cuerpo y al cerebro, pero no se circunscriben a la conciencia y a la mente. Por el contrario es la conciencia que abarca las dimensiones espacio-temporales y hace que la mente se mueva y sitúe en las coordenadas que elige. Es durante los estados místicos cuando la visión de la conciencia abarca con claridad todas las dimensiones y la mente las recorre y razona con ellas.
  
  Así como la teoría de la relatividad nos liberó del tiempo newtoniano absoluto (igual en todas partes) la concepción espiritual nos libera de la esclavitud del tiempo sujeto a coordenadas espaciales, y nos abre la posibilidad de vivir un día como mil años y mil años como un día. 
©Pietro Grieco


31 de enero de 2014

VIVIR EN EL PODER DEL AHORA O EL PODER DE MAÑANA



  En materia espiritual hay conceptos que, por su repetición, se convierten en moda. Mantras sagrados repetidos sin pensar, como si fueran verdades  evidentes de por sí. En este texto y el siguiente deseo refutar que: “Hay que morar en el ahora, pues el presente es el único tiempo que existe”.  

  El énfasis de vivir en el presente (se dice) es para evitar los remordimientos del pasado, saber dejarlos ir. Claro, tampoco morar en el futuro pues angustia pensar qué nos puede deparar. He leído, hace unos días, en una columna de espiritualidad iniciar con: 
“La eterna amenaza del futuro”
(Infobae 28-1-14), como si el futuro fuera un monstruo amenazante. Y, de esa forma, forzar la conclusión sobre la importancia de morar “en el ahora”. Afirmación sin fundamento, puesto que hay consenso científico en que si comparamos la calidad y promedio de vida desde la antigüedad al presente, la situación humana siempre evolucionó favorablemente. Además a muchas personas les place recordar con afecto el pasado, asi como pensar en sus planes, sus proyectos y sus metas en el futuro.

  De los griegos nos vienen dos posiciones filosóficas opuestas respecto al tiempo, la “estática” (de Zeno y Parménides), que sostiene que elcambio temporal es una ilusión; y la “dinámica” opuesta a la posición anterior  (de Heráclito y Aristóteles), en la cual el tiempo es un constante fluir. Una definición filosófica actual indica que es la dimensión del cambio, para distinguirla de las otras tres dimensiones del espacio.

  En la cosmología de Newton, de un universo mecanicista, el tiempo era absoluto. Una hora era una hora en cualquier lugar del universo. La teoría de la relatividad vino a cambiar las cosas, al demostrar que algunos hechos son del pasado y otros del futuro sin importar el marco de referencia. Además las leyes fundamentales de la física son reversibles, o sea,  la materia puede transformarse en energía y viceversa.

  Como el universo determinista y absoluto newtoniano fue reemplazado por la teoría de la relatividad, el concepto del tiempo absoluto, como el metro absoluto han dejado de serlo. No debe llamar la atención que el eterno “presente ahora”, haya perdido su encanto. Albert  Einstein en el capítulo 9 de su obra “La Relatividad”, explica:

Cada cuerpo de referencia (sistema de coordinadas) tiene su tiempo propio; una indicación de tiempo sólo tiene significado cuando indica el cuerpo de referencia al que se refiere.
Antes de la teoría de la relatividad, la física suponía siempre tácitamente que la indicación del tiempo tenía un valor absoluto, es decir, que era independiente del estado de movimiento del cuerpo de referencia.

  Un ejemplo ayudará a entenderlo. Para una persona parada en una estación y otra viajando en un tren, el tiempo corre de manera diferente. Un rayo que cae delante del tren será visto primero por el pasajero que camina en el tren y se acerca al lugar del fenómeno, mientras que el individuo parado al costado de la vía, el tiempo será más extenso. Veamos otro ejemplo.

  Supongamos un tren de algodón, a medida que avanza la presión del aire y del viento harán que el tren se encoja. A medida que incrementa la velocidad, más se contraerá. Si en el tren hay relojes también de algodón, se irán encogiendo con lo cual las manecillas se harán más pesadas e irán más lentas. El tiempo será más lento.  Esto explica por qué un viajero espacial, que deja en la tierra a su mellizo, luego de un tiempo al regresar será más joven que su hermano. Para él el tiempo corrió más lento y fue más breve. Es paradójico, pero (en igualdad de condiciones), un individuo parado envejecerá más rápido que uno en movimiento. Einstein también explicó el concepto subjetivo y relativo del tiempo con el ejemplo de que breves momentos en un incendio puede parecernos una eternidad, mientras que en una reunión con amigos, el tiempo pasa volando y, por ende, parece más breve.

  Es claro que esto no es nuevo. Séneca, en su magnífico escrito “Sobre la Brevedad de la Vida”, sostiene que no es breve la vida, sino que los hombres la hacen breve por no saber aprovecharla. Para evitar que el tiempo parezca breve, cada individuo debe aprovechar su tiempo propio viviendo con intensidad, reflexionando sobre la misma, pues como dijo Sócrates, una vida sin análisis no merece ser vivida. O sea hay que saber utilizar el tiempo para que no se nos escape como agua entre los dedos.  En síntesis: 
 “Para Séneca, aquel que mejor vive la vida, es el sabio, ya que recuerda sabiamente el pasado, sabe aprovechar el presente y dispone [de] el futuro. Esta unión de los tres tiempos, hace posible que la vida del sabio sea larga; y muy corta la de aquellos que se olvidan del pasado, descuidan su presente y miran al futuro con miedo y temor”  Wikipedia Org.

  Filosóficamente la idea de morar exclusivamente en el “tiempo presente” fue rechazada. Dado que, cuando se dice tiempo presente, ya pasó debido al retraso de los sentidos en percibir los hechos. Humanamente el tiempo presente siempre es pasado. La neurociencia nos dice que los humanos no viven en el momento de los hechos pues el cerebro tarda en organizar la información del sonido que viaja mucho más despacio que la luz. Eso se ve claro en las entrevistas televisivas cuando el entrevistado se encuentra en un lugar alejado del centro de noticias. Se hace evidente que el cerebro no puede procesar la imagen (luz) y la voz (sonido) en forma simultánea. Descubriéndose así el engaño del llamado tiempo presente. Otra observación es que el tiempo puede estirarse, debido a que la memoria retiene más los hechos nuevos o más intensos. Por lo tanto a los que experimentan hechos nuevos, les produce la sensación de que han vivido más. Esto sucede durante las vacaciones como en la infancia. El tiempo parece más largo o extenso porque todo es nuevo.

  En materia espiritual hay que evitar caer en posiciones absurdas impuestas por las corrientes de moda como vivir en el “Poder del Ahora”. Nada es más efímero que el tiempo presente. Cada individuo debe morar en el tiempo propio que le corresponde.

 




El ser espiritual no mora en el pasado, ni el presente, ni en el futuro, mora en la intemporalidad de la conciencia, la cual, como fundamento último del ser, es puro espíritu.

Posee la libertad de situarse donde desee. No es que las dimensiones espacio temporales circunscriban a la conciencia y a la mente, simplemente la mente las abarca y razona con ellas en la conciencia que todo lo permite y registra.


En el próximo blog profundizaré estos conceptos para que no queden dudas.



©Pietro Grieco

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