con dignidad. Nada de llantos ni lamentos, ni muestras de dolor.
El último día, se levantó con esfuerzo, vomitó un líquido blanco,
Luego la alcé con ternura y la deposité, frente al jardín donde se acostaba
a dormir entre las flores. Hizo dos pasos, solo dos
pasos y cayó de costado. Allí quedo sin moverse. En su mirada estaba todo
el universo. Estaba completa. Nuevamente la alcé y coloqué entre plantas de
flores del jardín frente a mi estudio. Se mantuvo firme. Siempre hallaba un lugar
sombreado, donde respirar lentamente con los ojitos cerrados. De acuerdo a las
horas del día y al giro del sol, cambiaba de lugar. Un lugar habitual era bajo el
Le di de comer una pasta que le gustaba en los últimos
tiempos, la olió, pero no la probó. Tampoco bebió agua, cosa que sí hacía
habitualmente. La dejé parada entre las flores bajas, Bianca colocó muy cerca suyo el agua y su crema saborizada, pasta que no demandaba masticar.
Era cerca del mediodía, teníamos que salir, a la vuelta, controlaría si
estaba bien o necesitaba algo. Cuando regresamos nuestra vecina nos dijo que
deseaba decirnos algo. Le pregunté si deseaba decirme que había visto a TeeTee en su jardín. (El día anterior había caído, o bajado, de nuestro cerco, y le había pedido al esposo que me la alcanzara).
Su respuesta me sorprendió. “La TeeTee no vuelve más”. Luego agrego: “Los gatos cuando van a morir desaparecen y no se dejan encontrar”.
Habíamos debatido con Bianca si debíamos llevarla al veterinario para ponerla a dormir. Pese a que sabíamos las instrucciones, de estar a su lado y acariciarla, para que el proceso no fuera traumático, no deseábamos hacerlo, era horrible tener que matarla, para que no sufriera. Los últimos meses fueron de angustia, pues su deterioro era notable, de seis kilos, pesaba apenas dos, era piel y huesos, ya no hallábamos estrategia para hacerle comer. De noche venía a dormir sobre mi cama, pero ya no podía saltar, por lo que la ayudaba y lentamente se colocaba sobre mis piernas, para, poco a poco, depositarse sobre mi estómago o mi pecho. Anhelaba el contacto físico.
Una noche previa intentó decirme algo, poseía un hilo de voz, un hilo ronco, que impedía comprender sus palabras. Se despedía. Era un momento triste al mismo tiempo un momento sublime. Le dije, con suavidad, que estaría todo bien. Que, si debíamos separarnos, nos seguiríamos queriendo. Creo que me comprendió, y que la había comprendido. Nos envolvió un silencio de paz. No tengo explicación. Siempre nos habíamos comprendido. Habíamos meditado juntos, sobre el banco de madera chino del jardín. Ella había saltado sobre mis piernas, respiramos al unísono con vistas al lago y las montañas.
Al concluir, ella saltaba, daba su vuelta por el césped del jardín, primero bajo el abeto, luego bajo el arce rojo, para ocultarse entre las lavandas y su perfume de violetas.
HABÍA APARECIDO DE LA NADA Y SE MARCHÓ EN LA INMENSA NADA.
Su desaparición me pareció abrupta, despiadada, yo sufro de “attachment”, me cuesta desligarme de mis afectos, pero esa era la última enseñanza.
Hablando de enseñanza, debemos distinguir entre “educare” y “educere”, la primera consiste en impartir conocimiento del maestro al alumno. O sea, llenar la cabeza del alumno con ideas, pensamientos, ciencia, etc. Requiere disciplina y memoria. El estudiante es un contenedor que el maestro llena a diario. En cambio, “educere”, que también proviene del latín, posee un significado casi opuesto, pues significa extraer, sacar fuera de… Es permitir al alumno extraer de sí: su inspiración, su creatividad, su capacidad innovativa, su sabiduría, eso en oposición a contrastar conocimientos impuestos, genera el pensar crítico, aceptar solo aquellas ideas que, sometidas a un análisis, sean aceptables a su conciencia. TeeTee, con su comportamiento o con su contacto físico, fue más un educere, un empujar a pensar, forzar a contemplar, a meditar.
Su corte definitiva a la relación que ella había escogido constituye una suprema enseñanza un empujarme al precipicio, o la comprensión de la muerte como un acto final de la vida en un cuerpo. Cuando la relación llega a su fin, nada de demorar la despedida. Ella se había preparado para morir con dignidad. No creo que haya leído el Libro Tibetano de los Muertos, poseía la técnica ancestral de la propia especie.
Creo superior: irse
sin verla morir.
Oramos, con Bianca, para que pudiera morir entre las flores del jardín. Amaba la naturaleza. Era naturaleza pura. Debía, pues deseaba dar su último respiro en soledad. Se fue, dejó de estar presente, no permitió ver su muerte. No sé dónde se fue. Habíamos pensado con Bianca enterrarla bajo el árbol azul. El abeto enano. Deseábamos un simple ritual humano. No nos dio esa tarea, ni la posibilidad.
La imaginé:
Con felina discreción tambaleante
Como los elefantes
encaminarse a su último respiro.
Guardo sus pocas fuerzas con las cuales
llegar a su destino final, inalcanzable
a pobres mortales.
Me informaron que nunca más la vería
Se fue a ocultar donde nadie la hallaría.
Posiblemente practicó con los budistas
tibetanos las técnicas del bien morir.
derecho básico de la vida.
Se fue detrás de mis lágrimas…
Se ocultó en mi corazón.
©Pietro Grieco
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