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28 de septiembre de 2015

CELEBRAR UNA VIDA


       Cuando fallece una persona querida no lloramos, celebramos haber compartido parte de nuestra experiencia humana juntos, con gratitud. Para celebrar una vida es suficiente con unos buenos recuerdos y un gran corazón. A lo largo de los años pudieron darse momentos de alegría y tristeza, de abrazos y rechazos, de desencuentros y reencuentros, de éxitos y fracasos, pero todos fueron para crecer, comprender y amar. Los opuestos son para complementarse como la lluvia y el sol, la montaña y la llanura, el río y el mar. No se pueden excluir.

Hace pocos días falleció mi amiga Magdalena Linero. Contaba con 106 años. Hace más de un año que deseaba partir, me lo dijo personalmente. La estructura corporal, el vehículo que le había sido tan útil, había comenzado a tener fallas que limitaban sus movimientos y su relación con los demás. Era preciso hablarle sobre la oreja izquierda con la que podía oír. Sin embargo, su pensamiento era claro y su memoria asombrosa. Recordaba hechos y personas que yo había olvidado hacía tiempo.  
Magdalena me contó, que había estudiado medicina en Santa Fe. Al cuarto año abandonó pues no le convencía. Un día al cruzar una calle fue atropellada por un vehículo que la mandó rodando por el pavimento y golpeando su cabeza reiteradamente. En medio de esas piruetas, me contó, que no tuvo ningún temor. Solo pensó: “Ahora, voy a conocer cómo es del otro lado”. Cuando fueron a auxiliarla pensando que estaría muerta, ella se levantó y les dijo que no se preocuparan. Se fue a su casa por sus propios medios. Sin duda era ¡una cabeza dura! Ya de joven sentía curiosidad por saber cómo es del otro lado de la esquina de la muerte. Deseaba saber qué encuentra una persona cuando dobla esa esquina. Pero tampoco tenía apuro. Le llevó casi ocho décadas terminar de dar la vuelta. En varias oportunidades estuvo a punto de hacerlo, pero alguna obligación o el amor a sus seres queridos la retuvieron. Espero que esté feliz por hallarse en esa dimensión que deseaba conocer, más liviana, más etérea, contenta y completamente sana.  
Cuando decidió que la medicina académica no le convencía fue porque había descubierto otra forma de cura: uno completamente espiritual. O sea sin remedios ni intervenciones quirúrgicas. Pero no era solamente un sistema de cura, era una forma o un sistema de vida sana y elevada que evitaba la ingesta de alcohol, café, o cualquier sustancia nociva para el cuerpo, llamado Ciencia Cristiana. Básicamente consistía seguir aquel concepto de Jesús de que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. O sea que diariamente se alimentaba con lecturas, oraciones y meditaciones. Este sistema mantiene elevado el sistema inmunológico, el cual actúa como un escudo y las enfermedades no encuentran un acceso débil para dañar a la persona.   
La conocí en la década del 70. En uno de mis viajes de Buenos Aires a Tevelin, Chubut, para visitar la familia Evans. Pasé por El Bolsón, cuando para ir desde Bariloche había que hacerlo recorriendo el Cañadón de la Mosca, que debe su nombre a la infinitud de curvas y contra-curvas en camino de cornisa. Tenía algo de aventura, especialmente si uno se topaba en una curva con un camión y había lugar para un vehículo solo. Era una educación en la materia “paciencia”. Nuestro encuentro produjo una empatía inmediata. Ella tenía esa capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, entenderla y tratarla como si fuera ella misma. Esa empatía la manifestaba con todas las personas. Su trato era llano y amistoso. Su casa estaba siempre abierta y llena de amigos. Solía recibirnos con un mate en la mano. Era franca y sin ambigüedades. Su tema de conversación principal era la espiritualidad. No obstante, de niña había recorrido la cordillera de Los Andes, acompañando a su padre, quien revisaba mojones limítrofes entre Argentina y Chile. Con esa rica experiencia podía contar infinitud de historias.
Magdalena era una máquina de hacer amigos, incluidos mapuches, extranjeros y de todas las provincias argentinas. Recuerdo que el mayor grupo era el de los cordobeses. También los había de Santa Fe y Buenos Aires. Lo interesante es que hacía amigos y regalaba amigos. De esa forma me hice de buenos amigos en la zona, con los cuales mantuve bellas relaciones por muchas décadas. Con los más íntimos formaba “familia”, los cuales gozaban de un grado mayor de confianza para tratar temas personales, inquietudes espirituales, enfermedades físicas, lecturas bíblicas u otros textos, así como las interpretaciones y aplicaciones de esas enseñanzas. Entre estos allegados estaban Ada y Amílcar Sosa, Marion y Roby, así como la familia Gutiérrez, quienes venían de Santa Fe. Magdalena combinaba su bondad con un carácter firme, de esta forma las personas se situaban correctamente, en su defecto ella lo hacía. 
Era de espíritu inquieto, por ello no siempre residía en El Bolsón. Se mudó a Santa Fe, Mar del Plata, Buenos Aires y creo que una temporada en Bariloche. Pero había algo que siempre la hacía volver al “pueblo” como ella llamaba a El Bolsón. Creo que al final fue “su” lugar en la tierra. El lugar donde pudo sentir paz, gozo, amistad profunda, elevación anímica, alegría y felicidad. 
Para mí llegar a El Bolsón era entrar a una fiesta espiritual, de afectos sinceros y abundantes, aun cuando ella no estaba. Dada mi experiencia podía sincerarse conmigo. Consultarme temas y regañarme si no respondía a sus expectativas. Creo que me valoraba en exceso. A los 104 años me envió un mensaje diciendo que, si volvía a El Bolsón, me esperaría. Hice los planes y fui. Ella cumplió y me esperó, tenía 105 años. El encuentro, pese a las dificultades, fue sereno, armonioso, calmo, hasta gracioso, pues ella se refería a los demás residentes es ese centro, personas de setenta u ochenta años como los “viejitos”. Ella (como muchos otros) nunca se veía como una persona mayor o vieja, pues internamente era siempre joven. El Espíritu no envejece y nosotros, si nos identificamos y somos uno con El Espíritu, tampoco. 
Cuando las personas se acercan a su partida su relación con los amigos y familiares entra en una etapa de claroscuros. Hay cosas para decir, pero no se sabe cómo; temas que se tratan de evitar, y cosas para hacer pero no se sabe cuándo.  Con Magdalena no existían esos temores o pruritos, con ella se podía hablar con claridad y con armonía. Ella deseaba partir. Ascender. Con la partida se presentan diversos dolores, ella sabiamente me pidió que orara para ayudarla a no sufrir. Cuando terminamos de conversar lo que debíamos, ella no estiró la visita, ni yo tampoco. Ambos sabíamos que no nos volveríamos a ver sobre esta tierra. Como buenos amigos nos despedimos. Ella dijo simplemente: “Bueno, chau”, “chau” le respondí. Salimos con Roby, que tuvo la gentileza de acompañarme, muy en paz y contentos. Al poco tiempo de haber viajado para Europa, me hizo llegar un mensaje, a través de Ada, con una sola palabra. “Ultreya” (también “ultreia”) proveniente del latín: “ultra” o sea más allá. Y “eia” mover. (Fue utilizada por los que peregrinan a Santiago, para alentarse y seguir adelante).  Ella se movía hacía el más allá. Le respondí con la misma palabra. O sea, la seguiría acompañando a seguir adelante, al más allá. 
Esto es algo que aprendí de especialistas que ayudan a casos terminales y a los familiares a saber despedirse. Recuerdo que en una oportunidad J. Krisnamurti preguntó que le dirían a una persona que se está muriendo. Casi todos dieron respuestas metafísicas, citas u oraciones. Él cortó todas esas expresiones y dijo, “Díganle que una parte de ustedes va con ella.” La persona necesita saber que no pierde la amistad y el afecto de sus seres queridos. Séneca, el filósofo romano, tan admirado por Montaigne y Bacon, escribió en su pequeño ensayo Asma, que para los médicos de la época, dado que los ataques dan la impresión de ser el último aliento, la llamaban  “el ensayo de la muerte”. Esto hizo meditar al filósofo qué significaba esa experiencia. “¿Qué es esto?”· Antes de nacer era “no tener ser”. Luego de morir será como antes de nacer, o sea “no tener ser”. Por esa práctica afirmó: “No tendré temor cuando llegue la última hora —ya estoy preparado, sin planear más que un día por delante. El hombre, a quien deberíamos admirar e imitar es aquel que encuentra alegría de vivir y que no es desganado a morir.”

En occidente se enseña de todo en los colegios y universidades, pero algo tan importante como la muerte, no solo no se enseña, sino que se evita nombrarla. Una de las grandes estudiosas de este tema,  Elisabeth Kubler-Ross, mencionó cinco estados posibles en el proceso de ponerse de acuerdo con las emociones y el pensar sobre la muerte: negación, enojo, regateo, depresión y finalmente aceptación. Ella recomendaba permitir a la persona experimentar todas esas emocione de dolor, pena o silencio. Lo importante es estar presente como compañía en su ansiedad, temor o dudas. Nunca hay que juzgar, solamente escuchar con atención. La mayoría de las personas solo desean ser comprendidas y si piden que se les diga la verdad, decirla con sensibilidad. ¿Por qué? Porque casi todas ya lo saben. La peor actitud es la de negar y decir que piense “positivamente”, tapando la realidad. Esto deja a la persona sin la oportunidad de compartir sus lágrimas, su pánico o sus pensamientos. 

No es el momento de dar fórmulas, ni de convertir, sino de crear una actitud relajada, de paz que disuelva todas las tensiones.

Algo positivo que se puede hacer es tocar o acariciar su mano para hacerle sentir que es una persona y no un enfermo.

 No hay que preocuparse demasiado pues como alguien dijo: “Todos morimos ¡exitosamente!” 


Para ello hay que alentar a hacer bromas, reírse y gozar cada minuto. 

Uno de los derechos humanos importantes, aunque ignorado es el de morir en paz y dignamente.

 Dado que el futuro espiritual de la persona depende de cómo muere, es un acto de caridad ayudar al bien morir. En el caso de Magdalena Linero, creo que, tanto ella, como sus amigos, colaboramos en su tránsito para que su futuro espiritual fuera luminoso.
Estoy agradecido de haberla conocido y que me haya regalado su amistad, fue una bendición haber compartido momentos de belleza que elevaron y embellecieron mi vida. Este recuerdo es una celebración.







  ¡Gracias Magdalena! Nuestro afecto seguirá contigo. ¡Sigue adelante con tu luz vital!  
 

 Pietro Grieco © 2015
 
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